El reto de la DESigualdad


La prensa se ha levantado esta mañana, haciéndose eco de un informe de Oxfam, alertada por el azote de la desigualdad, uno de los grandes temas globales y locales de este comienzo de siglo. A raíz de esta noticia comparto el análisis publicado en mi libro “Zen Business, los beneficios de aplicar la armonía en la empresa” (Editorial Profit, 2015), para todos los interesados en la materia:

Pobreza y desigualdad, las manchas negras del sistema

Antes de la Revolución Industrial casi todo el mundo era pobre. La pobreza era el status quo predominante para la gran mayoría de la población. La supervivencia era la razón de ser en el día a día. Ser rico era una anomalía, patrimonio sólo de la clase noble, aristócrata y de la alta cuña eclesiástica. Esta élite hinchaba sus arcas a base de rentas, impuestos y explotación ajena. Charles Dickens ofrece un fiel retrato de este paisaje en sus novelas, la mayoría de crítica social, como Oliver Twist.

Del retrato Dickeniano del siglo XIX a la conquista del espacio del siglo XX hay un salto muy breve en la historia de la humanidad. En apenas 150 años el mundo ha sido capaz de generar mucha riqueza. Tanta, que sería suficiente para eliminar la pobreza en todo el mundo y ofrecer una vida digna a toda la población si ésta fuera más igualitariamente distribuida. En 2012, la riqueza bruta acumulada a nivel mundial -el producto bruto mundial- alcanzó la cifra de 88 trillones de dólares[1]. Esta cifra, dividida por la población mundial, da una riqueza por persona de 12.400 dólares por cápita de renta anual. Esta suma representa casi el umbral que separa a los países de renta media de los países de renta alta según el baremo del Banco Mundial (12.476 dólares).

En un escenario hipotético de plena igualdad económica, esto significa que todos los habitantes del planeta Tierra vivirían en un país (casi) de renta alta. Sería el fin de la pobreza.

12.400 dólares al año para cada persona permitirían erradicar la pobreza mundial en su totalidad y cubrir las necesidades básicas de toda la población.

Si bien el periodo de la Revolución Industrial marca el punto de inflexión del crecimiento de la riqueza mundial, no es hasta la segunda mitad del siglo XX que ésta despega y aumenta de forma abrupta. Una sola generación ha visto como el mundo ha pasado de generar menos de 10 trillones de dólares en 1950, a generar casi 90 trillones a principios del siglo XXI. Sin duda alguna, este hito es efecto de la producción de riqueza material, que puede tener efectos positivos para el bienestar individual y colectivo. El crecimiento económico resultante de una economía de mercado basada en la creación de riqueza mediante el emprendimiento ha permitido sacar a muchas familias de la pobreza, mejorar la salud y educar a gran parte de la población, lo cual constituyen indicadores claros de progreso social y económico mundial, como veremos en la parte final del capítulo.

Sin embargo, el sistema tiene graves problemas a la hora de distribuir la riqueza. En el mundo actual, capaz de grandes inventos tecnológicos, innovador, rico y global, la desigualdad continua siendo un lastre para la supervivencia, la dignidad y el desarrollo de miles de millones de personas. Los datos son preocupantes.

Cuatro mil millones de personas -más de la mitad de toda la población mundial, unos siete mil millones y medio- viven con menos de 4 dólares al día[2].

Según datos de la FAO[3] hay casi mil millones de personas hambrientas y diez millones de niños al año mueren antes de cumplir los 5 años[4]. Aunque el acceso a la educación sea un derecho universal, millones de niños no pueden escolarizarse ni completar la educación primaria. 73 millones de niños abandonaron la escuela en 2006[5], y alrededor de 1 billón de personas empezaron el siglo XXI sin saber leer ni escribir[6]. Unos 40 millones de personas conviven con el VIH/SIDA, y de 350 a 500 millones viven con malaria, causa de más de 1 millón de muertes anuales, la mayoría de ellas en África[7].

Alrededor de mil cien millones de personas en países en desarrollo no tienen acceso regular al agua y dos mil seiscientos millones carecen de atención sanitaria básica[8]. Y podríamos continuar con un sinfín de indicadores tristes. El optimismo que desprendía Jeffrey Sachs, uno de los apóstoles de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM) de las Naciones Unidas, a principios del siglo XXI ha sido sustituido por un escepticismo gris y desolador. Más aún en tiempos de crisis y recesión. A las puertas del 2015, el año en que caducan los ODM, muchos de los objetivos distan de cumplir las metas planteadas en el año 2000[9]. No queda claro si la campaña de los ODM ha sido más efectiva para acrecentar una industria de la ayuda al desarrollo internacional muy dependiente de los presupuestos estatales de cooperación, o si ha sido realmente un instrumento eficaz de reducción de la pobreza. Recomiendo el trabajo dicotómico de Sachs (“The End of Poverty) y Easterly (“The White Man’s Burden”) para aquellos interesados en la materia.

Hoy en día predomina la visión científica de que el crecimiento económico es una condición necesaria para la reducción de la pobreza[10].

Pero a pesar del auge del crecimiento económico mundial de la segunda mitad del siglo XX no todos los países que han crecido han visto como su pobreza se reducía en la misma proporción. En algunos casos como los de Angola, Guinea Bissau y Tanzania[11], entre otros, con niveles sostenidos de crecimiento económico gracias sobretodo a los recursos naturales, no han obtenido grandes avances en la reducción de la pobreza.

El pensamiento dominante de los años 50 y 60 suponía que el crecimiento económico era suficiente para reducir la pobreza, lo cual se alcanzaba mediante lo que se denomina “efecto goteo”. En teoría este efecto es consecuencia de una corriente vertical de ingresos de la población rica hacia la pobre, lo cual sucede de una manera espontánea. Pero hoy se sabe a ciencia cierta que el crecimiento económico no beneficia a todos por igual (recomiendo los trabajos sobre economía y globalización de Stiglitz, Rodrik, Sen y más recientemente los de Picketty). Es tan solo una condición necesaria pero no suficiente. La acumulación de riqueza material es caprichosa, codiciosa, envidiosa y muy desigual. El estudio de Dikhanov sobre la distribución global de la riqueza[12] puso de relieve la gran brecha entre ricos y pobres: sólo el 20% de la población posee aproximadamente el 75% de la riqueza mundial.

El economista argentino Raúl Prebisch, Secretario Ejecutivo y uno de los principales impulsores de la Comisión Económica de las Naciones Unidas para América Latina y el Caribe (CEPAL) entre 1950 y 1963 reflejaba la relación entre crecimiento y pobreza del siguiente modo: “(…) Nos hacemos la pregunta: desarrollo, pero desarrollo para qué? El objetivo del desarrollo es integrar socialmente a las grandes masas de la población que han sido dejadas atrás en el proceso de desarrollo económico. Si esto no se logra, el desarrollo es incompleto e injusto. Este es un problema fundamental en América Latina que tiene que ser resuelto de una manera u otra. Hace treinta años quizás se podía decir, ‘bien, esperemos unas cuantas décadas; este proceso de desarrollo mejorará gradualmente la porción del ingreso de toda la población.’ Pero esto no ha ocurrido.”[13]

En la revista Forbes, cuando publica las personas más ricas del mundo en el 2012, tan sólo las tres fortunas más ricas del planeta (Carlos Slim, Bill Gates y Amancio Ortega) atesoraban un patrimonio por valor de casi 200 billones de dólares, superior a la suma total del PIB de Etiopía y Tanzania -170 billones- que albergan a 136 millones de personas. Según un estudio de Oxfam,“El coste de la inequidad: cómo la riqueza y los ingresos extremos nos dañan a todos” (2013), los 240.000 millones de dólares de ingresos netos de las 100 personas más ricas del planeta bastarían para acabar cuatro veces con la pobreza extrema. El 1% de las personas más ricas del planeta han incrementado sus ingresos en un 60% en los últimos 20 años y la crisis financiera no ha hecho más que acelerar esta tendencia, en lugar de ralentizarla.

España no es una excepción. La crisis no sólo ha aumentado la desigualdad global entre países, también ha acrecentado de forma importante la desigualdad dentro de los países. En España, por ejemplo, la desigualdad ha alcanzado máximos históricos en tiempos contemporáneos. Con un coeficiente de desigualdad Gini de 34, España es el país más desigual de la eurozona, muy lejos de los 29 puntos de Alemania o los 22,5 de Noruega, el país más equitativo de Europa. La recesión económica, el alto nivel de paro y la congelación salarial están produciendo estragos en la sociedad española, que es ahora más pobre y más desigual.

La tesis de los que defienden que sólo hay que preocuparse por el crecimiento económico coincide con la creencia utilitarista y neoliberal de Milton Friedman y la visión de que la empresa, como pilar institucional del sistema económico, debe sólo preocuparse de maximizar el beneficio económico. Esta visión reduccionista y egoísta no está para nada a la altura de un mundo que aspira a ser feliz. Y no sólo esto. La creencia neoliberal ignora los efectos negativos de la desigualdad. Como argumenta sólidamente el economista Thomas Picketty –a quien algunos se refieren como el nuevo Marx- en su obra “El Capital en el siglo XXI”, la desigualdad es perjudicial para el crecimiento económico. En su libro concluye que “las sociedades que comienzan más desiguales y redistribuyen más de sus recursos para disminuir la desigualdad neta (que incluye las transferencias y la intervención del Estado) logran un mayor crecimiento y más durable. La redistribución tiene en general un impacto benigno en el crecimiento, con efectos negativos sólo cuando es llevada al extremo. Las implicaciones de este estudio son sorprendentes. “La desigualdad no sólo tiene un impacto negativo en el crecimiento, sino que los esfuerzos para remediarla, en su totalidad, no son dañinos”.

Hoy hay argumentos científicamente robustos que nos invitan a tomar conciencia para combatir la pobreza y la desigualdad. Uno de ellos es la solidaridad. Gracias a las investigaciones en el campo de la psicología positiva, sabemos que la solidaridad, la compasión y la empatía nos hacen mejores personas, más productivas, saludables y más felices. El otro es la reingeniería de la teoría del crecimiento económico.

Si queremos potenciar un mundo emprendedor, lleno de oportunidades y progreso, el crecimiento económico sostenible inclusivo es el que mejor distribuye y aumenta la riqueza. Si el siglo XX fue el siglo de la creación de riqueza, el siglo XXI es el siglo de la desigualdad.

El fracaso del comunismo nos ha enseñado que pensar en una sociedad uniforme dónde todo el mundo tiene lo mismo es una utopía que va en contra de la propia naturaleza del ser humano. Que haya diferencias entre individuos es normal en una sociedad llena de identidades individuales distintas donde el derecho y respeto a la libertad es un símbolo de modernidad y progreso. Todos tenemos como seres humanos nuestras singularidades. Pero otra cosa muy distinta y bárbara es pensar, en nombre de la libertad individual, la mano invisible y la meritocracia, que cada uno tiene lo que se merece. La base de la equidad es un desarrollo que beneficie, aunque de forma asimétrica- a todos, ricos y pobres. Combatir la desigualdad es la única opción política para generar crecimiento económico sostenible y feliz.

[1] Datos calculados en base al poder de compra paritario (CIA World Factbook).

[2] UN World Development Reports.

[3] “The State of Food Insecurity in the World” FAO Report (2008).

[4] “Progress for Children: A Report Card on Nutrition” UNICEF.

[5] “Global progress: are we on track to meet the MDGs by 2015?”.

[6] “The State of the World’s Children”, UNICEF 1999.

[7] “2007 Human Development Report” UNDP.

[8] “2006 Human Development Report” UNDP.

[9] http://www.mdgtrack.org/

[10] Lustig et al. (2002). “Reducción de la pobreza y crecimiento económico: la doble causalidad”. Seminarios CEPAL.

[11] Coll, J.M. (2012). “Aid Valuenomics: the institutionalization of the linkages between culture, entrepreneurship and endogenous development”. PhD Thesis. Autonomous University of Barcelona.

[12] Dikhanov, Y. (2005), “Trends in global income distribution, 1970-2000, and scenarios for 2015”, UNDP New York.

[13] Cita en Lustig et al. (2002). “Reducción de la pobreza y crecimiento económico: la doble causalidad”. Seminarios CEPAL.

Referencia:

Coll, Josep M. (2015), “Zen Business, los beneficios de aplicar la armonía en la empresa”, Editorial Profit, pp. 49-52.

By Josep M. Coll

jmcoll.com / @josepmcoll3

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